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Full moon parties
Por: Ricardo Mir
Existe el paraíso? No sólo eso, en sus playas se celebran las fiestas trance y tecno más legendarias del planeta. Lo que comenzó siendo un aquelarre de hippies nostálgicos se ha transformado en la mayor de las juergas globalizadas. Sólo hay que esperar cada mes a la luna llena, cuando se encienden los sueños. Ko Phangan, el nombre del paraíso, ha sido durante siglos una isla de robinsones y piratas escondida entre las aguas del golfo de Tailandia. En sus playas crecen cocoteros y palmeras; en sus junglas, el caucho, el mango y la papaya. No hay ni aeropuerto, ni McDonald's, ni hoteles con estrellas; sus carreteras apenas están asfaltadas, pero cada mes, cuando se acerca el plenilunio, miles de jóvenes de todo el mundo descienden por su embarcadero para asistir a la fiesta más famosa del trópico. Todo empezó una noche de 1988. Suttie, un tailandés en la cuarentena, propietario del Paradise, uno de los pocos alojamientos que existían en la playa de Hat Rin (al sureste), organizó una fiesta para despedir a un amigo europeo: "Llevamos altavoces a la playa, éramos unos 50. Lo de la luna fue casual, y la fiesta, un éxito, así que me pareció buena idea repetirla en luna llena". Entonces, el boca a boca y los flyers repartidos entre Bangkok y Ko Samui empezaron a funcionar. De los que llegaron a Phangan, algunos lo hicieron desde Goa, el pequeño Estado al suroeste de la India donde se originaron las Full Moon Parties (FMP) en los años setenta y que deben su fama a los excesos narcóticos y sexuales que escandalizaron a unos y embelesaron a otros. Aquello ya es pasado: la policía india se cansó de fiestas y hippies, y hoy en la ex colonia portuguesa crecen los hoteles con piscina. Como Goa, Hat Rin fue durante años territorio libre para la experimentación. Los pocos bares existentes anunciaban en sus cartas, como si se tratase de coffee shops holandeses, suculentas alquimias. En 1990, medio millar de personas se reunían cada mes en la playa a bailar alrededor de las hogueras. La Nochevieja de 2000, unas 10.000 personas se congregaron en la FMP del milenio. En la panadería trabaja Mark, un treintañero que sirve tés como en su Londres natal y que en sus horas libres ejerce de DJ. Su primera FMP es recuerdo de una década atrás: "La música era rock and roll, reggae, psicodelia y algo de pop. La gente bebía agua y fumaba marihuana". Musicalmente las cosas cambiaron a principios de los noventa. El acid house y el trance psicodélico de la escena de Goa, que pasaría a ser la marca inconfundible de la casa, desbancaron a las viejas guitarras. El único español residente en Phangan, Isidro, granadino, de 46 años, se lamenta de los cambios: "Ahora vienen los turistas tres días antes de la fiesta, se ponen tibios y se largan sin más". La desaparición en 1995 del mercadillo que se instalaba al norte de la playa los días anteriores a la FMP, y del cual vivía la mayoría de los pocos occidentales residentes en la isla, no fue un hecho aislado, sino parte de la nueva estrategia de las autoridades tailandesas: mano dura. En los peores momentos, unos 250 policías patrullaban la playa. Cuando esto sucedía, Paddy, norirlandés, de 34 años, propietario de un bar, ya llevaba allí seis. "Tailandia tenía que lavar su imagen, las fiestas se hicieron mundialmente conocidas y el Gobierno empezó a recibir presiones del exterior. Parte de culpa la tuvieron los programas de televisión ingleses y australianos que mostraban este lugar como el paraíso del descontrol. Dieron una imagen poco realista y muy negativa". De modo que Tailandia acabó con su sempiterna permisibilidad. Pero, con el tiempo, las cosas se han suavisado y los propios tailandeses se han ido incorporando a la fiesta. Hasta el punto de que recientemente asistió a una de ellas la hija del rey de Tailandia, prueba de que vuelven a contar con el beneplácito de la autoridad. No hay que olvidar que las full moon atraen una ingente cantidad de turistas cada mes. Las calles de Hat Rin Dos días antes de la fiesta de un mes cualquiera, las tres calles de Hat Rin, a medio asfaltar, comienzan a bullir. Los restaurantes se convierten en improvisados cines que ofrecen durante todo el día los recientes éxitos de Hollywood. Omnipresente entre ellos La playa, novela de culto escrita por Alex Garland y estropeada en forma de largometraje protagonizado por Leonardo DiCaprio, que tiene parte de culpa de que el número de asistentes a las FMP se hayan multiplicado últimamente. Pies y torsos desnudos, cuerpos en bañador, pasean por las tiendas de Hat Rin. Se ha abierto la veda para la explotación turística, aunque todo se sigue pareciendo más a un mercadillo que a un centro comercial: proliferan cibercafés, agencias de viaje, restaurantes, peluquerías, academias de submarinismo y tiendas de tatuajes y piercing. Los recién llegados, mochila al hombro, buscan alojamiento entre los innumerables complejos de cabañas de madera o bambú que pueblan la playa. No es fácil encontrarlo a sólo dos días para la fiesta, así que muchos cogen un taxi hasta otras playas del norte u oeste, donde en temporada baja no habrá problema para alojarse. Son las doce de la noche del día D. La Full Moon Party lleva tres horas en marcha. La luna gigante que esperábamos permanece agazapada tras las nubes. Cerca de 6.000 personas han ocupado los 500 metros de playa. La mayoría, israelíes (un 70% en temporada baja), pero también europeos, japoneses, americanos, australianos y tailandeses curiosos. Al no haber un único organizador, cada bar, a pie de playa, monta su fiesta. Saturados altavoces compiten en una batalla disfónica. Del sonido de Everything But The Girl en el Orchid se pasa, quince metros más allá, a la de Underworld en el Cactus o la de Bloodhound Gang en el Drop-In. Del house y 'drum'n'bass en el Frog, al trance psicodélico en el Vinyl o al tecno y trance en el Paradise. Cada garito crea su ambiente: podios de madera para bailar y neones fosforescentes que te nublan la vista. A las nueve de la mañana continúan bailando en la playa unos 1.500 autómatas. Pocos saben que acaba de abrir el secreto mejor guardado de las FMP. El Backyard Club, sobre una colina al sur de Hat Rin, debe parte de su reputación a los dj's que movieron sus platos. Allí empezaron algunos famosos como los británicos Lee Burridge o Danny Rampling. "Si aquí se gastaran dinero y mejorasen la calidad de sonido, este sitio podría ser Ibiza", afirma Mark. El pasado febrero, sin ir más lejos, pinchó allí el alemán Sven Väth, uno de los preferidos por el público europeo. Al mediodía sigue el movimiento y la música. Como tampoco parece que lo vayan a hacer las fiestas. Así lo cree Paddy: "Puede que este sitio termine convertido en Disneylandia, pero nada ni nadie puede acabar con las Full Moon Parties".
¿La próxima FMP? Consulte el calendario astrológico.
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